Creemos que la predestinación no es un misterio oscuro destinado a inquietar conciencias, sino una verdad revelada para anunciar la bondad de Dios, afirmar su gracia y conducir a los creyentes a una esperanza firme en Cristo.
1. La predestinación nace en el gobierno amoroso de Dios
La predestinación se comprende, en primer lugar, como parte del eterno designio de Dios para gobernar todas las cosas con sabiduría y bondad. Dios obra conforme al consejo de su voluntad, sosteniendo y dirigiendo la historia hacia su fin redentor (Ef 1,11; Sal 103,19).
Cuando la Escritura habla de predestinación en relación con la salvación, lo hace mirando ante todo el propósito de Dios de salvar, no de condenar. Dios “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4), y “no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pe 3,9).
2. La predestinación es un decreto de gracia en Cristo
Confesamos que la predestinación es el decreto eterno del beneplácito de Dios en Cristo. Dios decidió desde la eternidad justificar, adoptar y dar vida eterna a quienes están unidos a su Hijo (Ef 1,4–5; Rom 8,29–30).
Cristo no es un medio posterior a un decreto oculto, sino su fundamento mismo. Toda elección es “en Él”, y fuera de Él no hay predestinación salvadora alguna (Jn 14,6; Col 1,18–20).
3. El carácter del decreto es evangélico, no legal
La predestinación no opera según la lógica de la ley, sino según la promesa del evangelio. No dice “el que haga estas cosas vivirá”, sino “el que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Jn 3,16; Jn 5,24).
La fe no es una obra meritoria que cause la elección, sino el medio establecido por Dios para participar de lo que Él decretó en Cristo. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Ef 2,8–9; Rom 3,22–24).
4. La causa del decreto es la voluntad de Dios, sin arbitrariedad
Afirmamos que la causa de la predestinación es solo Dios, conforme al beneplácito de su voluntad (Ef 1,5). Esto excluye todo mérito humano, toda obra previa y toda superioridad natural.
Pero esta libertad divina no es capricho ni arbitrariedad. Dios ha querido salvar por medio de Cristo a los que creen, y ha querido hacerlo así por amor (Jn 3,16; Rom 5,8). La fe no fuerza a Dios; es Dios quien llama, persuade y capacita al ser humano, sin destruir su responsabilidad (Jn 6,44; Hech 16,14).
5. Jesucristo es el fundamento del decreto
Confesamos que el fundamento de la predestinación es Jesucristo mismo. Él es el mediador, la cabeza y el lugar donde se concentran todas las bendiciones espirituales (Ef 1,3; 1 Tim 2,5).
Dios no predestina individuos aislados, sino un pueblo en Cristo, y a las personas las incorpora a ese pueblo por una unión real con su Hijo (1 Cor 1,30; Rom 8,1).
6. El objeto de la predestinación
El objeto de la predestinación es doble:
Por un lado, las bendiciones divinas: justificación, adopción, el don del Espíritu y la vida eterna (Rom 8,15–17; Gál 4,4–7).
Por otro lado, las personas, consideradas como creyentes, es decir, como aquellos que creen por la gracia de Dios. No por fe autónoma ni autosuficiente, sino por una fe posible y sostenida por la gracia (Fil 1,29; Heb 12,2).
7. La predestinación se realiza como unión con Cristo
La predestinación no es un decreto frío ni abstracto, sino una relación viva. Se manifiesta como unión con Cristo: en esta vida, unión que produce gracia; en la venidera, unión que produce gloria (Jn 15,4–5; Col 3,3–4).
Todo el plan de Dios gira en torno a la comunión con su Hijo, no alrededor de decretos impersonales (1 Jn 1,3).
8. El fin último es la gloria de la gracia de Dios
El fin de la predestinación es la alabanza de la gloriosa gracia de Dios (Ef 1,6). Si todo proviene de la gracia, toda la gloria vuelve a la gracia.
Ni el mérito humano, ni la fe como virtud independiente, ni la voluntad del hombre ocupan el centro. “El que se gloría, gloríese en el Señor” (1 Cor 1,31).
9. Elección y reprobación
Reconocemos que la elección implica una reprobación como contraparte, pero afirmamos que la reprobación es el decreto justo de condenar a los incrédulos por su propio pecado e incredulidad (Jn 3,18–19; Rom 2,5–8).
La condenación nunca tiene como causa un decreto previo de incredulidad ni una negativa divina a conceder gracia suficiente. La Escritura afirma con claridad que la causa de la perdición es el rechazo del evangelio (Mt 23,37; Hech 7,51).
10. Uso pastoral de la doctrina
Esta doctrina ha sido dada para edificar, no para confundir. Sirve para afirmar la gracia, consolar a las conciencias afligidas, advertir a los impíos y enseñar con prudencia al pueblo de Dios (Rom 8,33–39; 2 Cor 5,20).
Por eso confesamos también que no debemos ir más allá de lo que Dios ha revelado. “Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros” (Dt 29,29).
Confesión final
Confesamos que Dios predestinó desde la eternidad, en Cristo, a salvar por gracia a todos los que creen, otorgándoles fe por su gracia, y que condena justamente a quienes perseveran en la incredulidad, todo para la gloria de su gracia, sin arbitrariedad y sin anular la responsabilidad humana.